26 marzo 2006

Un camino para mejorar nuestra habilidad de escuchar


A partir de conversaciones con mi amigo Gustavo Jimenez, quiero desarrollar algunos post animado por el convencimiento que las enseñanzas budistas pueden ser un gran aporte a nuestras concepciones de gestión, y de esa forma lograr organizaciones más sanas y exitosas en una perspectiva de largo plazo.

Somos muchos los que sostenemos que nuestras organizaciones padecen de una enfermedad caracterizada por su orientación al corto plazo, donde no se ve y se aplasta el potencial creativo del ser humano y donde la vocación de servir, expresada en ser útil al cliente, no es percibida en su potencial de generar lealtades.

Mi propósito será mostrar, al igual que otros autores han hecho lo han hecho con otras ciencias como la física, la química, la biología, como los recientes avances en gestión se pueden ver potenciados tanto con el pensamiento budista como con otras tradiciones milenarias

Una de las habilidades más buscadas en las personas, especialmente a nivel ejecutivo, es la capacidad de escuchar. Sin embargo también resulta difusa, no posible de definir en términos operativos, cayendo a menudo en recetas de tipo voluntarista, más propios de las recetas de corto plazo que de un real aprendizaje. Creo que ello se debe a que no tenemos una interpretación que nos sirva para hacer distinciones en el escuchar.

A partir de los estudios de Humberto Maturana y Francisco Varela, sabemos que el ser humano es un sistema cerrado, es decir lo que le pasa tiene que ver con su propia estructura, y no con la información que recibe, la cual sólo sirve de factor gatillador. Si nos tomamos este descubrimiento en serio, significa que en el escuchar, la información sólo gatilla nuestras conversaciones internas. Cuando escuchamos lo que hacemos son interpretaciones que se nos gatillan, de acuerdo a nuestra propia y peculiar historia de experiencias, y eso explica, como lo vemos a menudo, por que cada persona puede escuchar, a partir de la misma información, cosas muy diversas.

La tradición budista no indican que nuestra mente es como un caballo salvaje, que va donde quiere, es decir, va donde quiere, no donde nosotros queremos. Indican que por la mente, en un sentido amplio, (conocer, sentir, percibir, no solo pensar ni intelecto) pasan innumerables pensamientos por minuto, (según Gustavo, cada pensamiento dura de 300 a 600 milisegundos) de los cuales no estamos concientes. Si nos puede resultar conocida como experiencia, cuando pese a que queremos, determinados pensamientos vuelven y vuelven a nuestra cabeza.

A partir de esta interpretación, los budistas indican un camino, domesticar nuestra mente, tal como domesticamos un caballo salvaje, y a partir de ahí, nos lleva donde queremos ir, que es lo que logran con la meditación (en tibetano, meditar significa familiarizarse). Sólo con una mente domesticada, podemos aproximarnos a escucharnos a nosotros mismos y al otro, conocer lo que realmente queremos y las reales inquietudes de nuestro interlocutor, sin que nuestra “chichara mental” o “rollos mentales” impida esa conexión.

Por supuesto que hay personas que han desarrollado esta capacidad desde pequeños y los identificamos como buenos escuchadores. Lo que el budismo nos indica, es que es una posibilidad abierta a todos y susceptible de aprender.

Los tiempos actuales, donde la capacidad de trabajo en equipo y el liderazgo están más asociados a la capacidad de escuchar, que a los mesianismos, nos hacen necesario desarrollar la habilidad de escuchar en forma efectiva. El budismo, con su interpretación, y la herramienta de la meditación nos ayudan a ello.

Mejorar nuestra habilidad de escuchar, una necesidad y una posibilidad a nuestro alcance

3 comentarios:

Iris dijo...

Que interesante e importante tema Raúl. Confieso que ni siquiera logro percibir mi forma de escuchar. Pondré atención.

Gracias por la nota.

Saludos, Iris.

pd, entonces, ¿al leer ocurre lo mismo?

Pilar dijo...

Raúl: Gran tema este de saber escuchar. Y del papel del silencio en esa escucha. Tan llenos de ruidos y emociones, es poco el espacio que tenemos para escuchar. ¡Si ni siquiera nos logramos oír nosotros mismos! Estoy segura que si trabajamos en escucharnos a nosotros mismos... y atendemos el lenguaje de nuestras emociones y lo que nos hablan... avanzaríamos mucho en aprender a escuchar al otro. Más tranquilos y seguros con nosotros, estaríamos más abiertos a escuchar y recibir al otro. El trabajo de escuchar, parte por oírnos, atendernos y estar en paz con nosotros... desde esa quietud y silencio es más fácil escuchar a los demás. Al final, escuchar es lo mismo que dar, se puede dar cuando se tiene y de lo que se tiene. El problema es reconocer lo se tiene y lo que se carece, y trabajarlo.

Pilar dijo...

Raúl: Gran tema este de saber escuchar. Y del papel del silencio en esa escucha. Tan llenos de ruidos y emociones, es poco el espacio que tenemos para escuchar. ¡Si ni siquiera nos logramos oír nosotros mismos! Estoy segura que si trabajamos en escucharnos a nosotros mismos... y atendemos el lenguaje de nuestras emociones y lo que nos hablan... avanzaríamos mucho en aprender a escuchar al otro. Más tranquilos y seguros con nosotros, estaríamos más abiertos a escuchar y recibir al otro. El trabajo de escuchar, parte por oírnos, atendernos y estar en paz con nosotros... desde esa quietud y silencio es más fácil escuchar a los demás. Al final, escuchar es lo mismo que dar, se puede dar cuando se tiene y de lo que se tiene. El problema es reconocer lo se tiene y lo que se carece, y trabajarlo.